Esta película cuenta lo que ocurrió detrás de una de las operaciones militares más importantes de la historia, pero en lugar de mostrarnos las playas de Normandía, los soldados corriendo o las batallas que ya hemos visto en cientos de películas, decide concentrarse en algo mucho más sencillo y al mismo tiempo mucho más importante:
el clima. En vísperas del desembarco de Normandía, un grupo de oficiales aliados se reúne en el cuartel general de Southwick House para intentar determinar si las condiciones atmosféricas permitirán lanzar la invasión, porque detrás de todos los tanques, barcos y soldados que esperan la orden existe un problema que ninguno de ellos puede controlar.
Y precisamente ahí es donde la película encuentra su principal atractivo, porque estamos acostumbrados a que las películas sobre el Día D nos enseñen la guerra desde el campo de batalla, desde la perspectiva de los soldados que llegan a las playas y tienen que enfrentarse al ejército alemán, mientras que aquí el conflicto ocurre mucho antes de que se dispare una sola bala. En lugar de seguir a los hombres que van a participar en la invasión, la película se concentra en quienes tienen que decidir cuándo enviarlos y, sobre todo, si las condiciones son lo suficientemente buenas como para hacerlo.
El capitán James Stagg es el meteorólogo encargado de hacer ese pronóstico y tiene que convencer al general Dwight Eisenhower de mantener o retrasar la operación, pero el problema es que sus propios colegas no están de acuerdo con él. El estadounidense Irving Krick defiende una interpretación más optimista basada en modelos estadísticos, mientras que el británico Yates mantiene una lectura diferente de los frentes atmosféricos, y mientras los tres discuten sobre lo que realmente está ocurriendo sobre el Canal de la Mancha, aproximadamente 150.000 soldados permanecen esperando una decisión que puede determinar el éxito o el fracaso de toda la operación.
El problema es que no existe una respuesta completamente segura. La invasión necesita una ventana de aproximadamente 72 horas con condiciones manejables, pero si esperan demasiado pueden perder la oportunidad y permitir que los alemanes refuercen sus posiciones, mientras que si deciden avanzar y el pronóstico resulta equivocado, miles de hombres pueden terminar enfrentándose a unas condiciones marítimas y atmosféricas que hagan prácticamente imposible el desembarco. Eisenhower, por lo tanto, no solamente tiene que decidir cuándo comenzar la invasión, sino también a cuál de esos hombres debe creerle, sabiendo que cualquier error puede convertirse en una catástrofe.
Todo sucede dentro de oficinas, salas de mapas y pasillos del cuartel general, donde un grupo de hombres intenta interpretar lecturas atmosféricas contradictorias mientras el tiempo para tomar una decisión se va agotando. Y aunque en apariencia estamos viendo a personas sentadas alrededor de una mesa hablando sobre el clima, detrás de cada discusión existe la posibilidad de que miles de soldados terminen muriendo, por lo que la película consigue convertir algo tan cotidiano como un pronóstico meteorológico en una cuestión de vida o muerte.
Después de Hotel Mumbai, Anthony Maras vuelve a interesarse por situaciones en las que un grupo de personas tiene que tomar decisiones bajo una presión extrema, solamente que esta vez cambia completamente el escenario y convierte la incertidumbre meteorológica en el centro de la historia. La película está basada en la obra teatral de David Haig y aprovecha precisamente esa estructura cerrada para construir una historia en la que prácticamente todo depende de las conversaciones, los desacuerdos y la manera en que cada personaje intenta convencer a los demás de que su interpretación es la correcta.
Además, la película tiene algo que me parece especialmente interesante porque convierte al meteorólogo en el protagonista de una historia bélica, cuando normalmente este tipo de personajes apenas aparecen como una figura secundaria que entrega un pronóstico antes de que comiencen las cosas. Aquí ocurre exactamente lo contrario, porque Stagg es quien tiene que interpretar algo que nadie puede controlar y defender su conclusión frente a otros especialistas que también consideran que sus propios cálculos son correctos. Su autoridad no viene de tener soldados bajo su mando ni de ocupar el puesto militar más importante de la habitación, sino de la posibilidad de haber entendido correctamente algo tan impredecible como el clima.
Y mientras más avanza la película, más evidente resulta que la discusión científica también es una lucha política, porque cada pronóstico implica una responsabilidad y cada desacuerdo afecta la confianza que Eisenhower deposita en ellos. Stagg no solamente está intentando demostrar que su lectura meteorológica es correcta, también está poniendo en juego su propia reputación, porque si recomienda esperar y la oportunidad desaparece, tendrá que cargar con la responsabilidad de haber retrasado la invasión, pero si recomienda avanzar y el clima empeora, tendrá que vivir sabiendo que su decisión pudo contribuir a la muerte de miles de personas.
Eso hace que la película funcione más como un thriller político y de toma de decisiones que como una película bélica tradicional, porque la tensión no depende de una explosión ni de una batalla, sino de observar a diferentes personas intentar convencer a otra de que su interpretación de la realidad es la correcta mientras el tiempo se acaba y cada vez queda menos margen para equivocarse. En ese sentido, tiene algo de Trece días, donde la tensión también nace de hombres encerrados en una sala intentando tomar una decisión que puede tener consecuencias enormes, solamente que aquí la amenaza no es un ejército enemigo avanzando hacia ellos, sino una tormenta que todavía ni siquiera pueden confirmar.
También resulta interesante compararla con El día más largo, Salvar al soldado Ryan o Dunkerque, porque todas esas películas se concentran, desde perspectivas muy diferentes, en el músculo de la guerra, mientras que El Día D: Bajo Presión decide contar lo que ocurre antes de que la guerra llegue a las playas. En lugar de mostrarnos a los hombres que van a enfrentarse al enemigo, nos muestra a los hombres que tienen que decidir cuándo enviarlos, y esa perspectiva consigue que el desembarco adquiera una dimensión diferente, porque nosotros sabemos perfectamente lo que ocurrió después, mientras que ellos todavía estaban frente a un futuro completamente incierto.
Brendan Fraser interpreta a James Stagg con una actuación mucho más contenida de lo que podríamos esperar de él, dejando de lado cualquier intento de convertir al personaje en un héroe tradicional y concentrándose en mostrar a un hombre cada vez más consciente de la responsabilidad que tiene encima. Frente a él, Malcolm Sinclair interpreta a Eisenhower como un comandante que tampoco puede permitirse la comodidad de estar seguro, porque aunque es él quien finalmente debe tomar la decisión, necesita confiar en científicos que están trabajando con información incompleta y que ni siquiera consiguen ponerse de acuerdo entre ellos.
Y esa es probablemente la idea que termina sosteniendo toda la película: la imposibilidad de tomar una decisión completamente segura cuando la información disponible nunca es suficiente. La meteorología termina funcionando como una especie de metáfora de la propia guerra, porque Stagg puede estudiar los datos, comparar modelos y analizar los frentes, pero en algún momento tendrá que dejar de calcular y decirle a Eisenhower qué cree que va a suceder, aun sabiendo que existe la posibilidad de equivocarse.
Eso convierte una película que en principio parece estar hablando únicamente del clima en una historia sobre la responsabilidad, el poder y el miedo a tomar una decisión equivocada. Porque el Día D no comenzó cuando los soldados llegaron a las playas; comenzó mucho antes, cuando un grupo de personas tuvo que decidir si las condiciones eran suficientemente buenas para enviar a cientos de miles de hombres hacia una operación de la que dependía buena parte del futuro de la guerra.
El Día D: Bajo Presión es, por eso, una película bastante particular dentro del cine bélico, porque consigue construir tensión sin mostrarnos prácticamente nada de la batalla y demuestra que una historia puede ser intensa incluso cuando el peligro todavía no aparece frente a la cámara. Todo depende de conversaciones, mapas, pronósticos y desacuerdos entre especialistas, pero detrás de cada uno de esos elementos está la vida de miles de personas que esperan una orden, y eso hace que la película consiga algo bastante difícil: convertir una habitación llena de oficiales hablando sobre el clima en un lugar donde realmente se siente que algo terrible puede ocurrir.
Y quizá eso sea lo más interesante de la película: nosotros sabemos perfectamente lo que ocurrió después, pero ellos no tenían esa ventaja. No sabían si la tormenta llegaría, no sabían cuál de los pronósticos era correcto y tampoco podían saber si la decisión que estaban a punto de tomar terminaría convirtiéndose en una de las mayores victorias militares de la historia o en una tragedia de proporciones inimaginables. Lo único que tenían eran sus cálculos, sus interpretaciones y unas cuantas horas para decidir qué hacer con la vida de todos los hombres que estaban esperando.
Esta película sigue a James Stagg, un meteorólogo que, en vísperas del desembarco de Normandía, tiene que convencer a Eisenhower de cuándo lanzar la invasión mientras sus propios colegas contradicen sus pronósticos y aproximadamente 150.000 soldados esperan una decisión que puede cambiar el rumbo de la Segunda Guerra Mundial.
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