CRÍTICA | THE DEATH OF ROBIN HOOD | POCOS SABEN POR QUÉ ESTA PELÍCULA DESTRUYE TODO LO QUE CREÍAS

Publicado el 6 de agosto de 2026, 9:55

El mito del héroe del bosque acaba de ser brutalmente masacrado, deconstruido y entregado a su suerte en la gran pantalla. Olvídate del arquero elegante que le robaba a los ricos para dárselo a los pobres, del romance perfecto con Marian y de las hazañas que cantaban los juglares en cada taberna. Esta versión agarra todo eso, lo revisa con lupa y descubre que gran parte era mentira.

Día X de recomendándote películas que destruyen tus recuerdos de la infancia y te dejan mirando al techo. Soy yo y si no sabés qué ver, me podés seguir.

The Death of Robin Hood no es la típica aventura medieval con mallas verdes, arcos mágicos ni un héroe carismático saltando entre árboles. Está dirigida por Michael Sarnoski, el mismo que nos destrozó por dentro con Pig, y aquí vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: agarrar una premisa que parece simple y convertirla en un funeral emocional. La película es una mezcla potente entre Logan y un dilema existencial atrapado en bucle, donde el pasado no se supera, se arrastra.

Hugh Jackman interpreta a un Robin Hood anciano, desgastado, sucio y profundamente atormentado. Y acá está el primer golpe que te da la película: olvídate del mito heroico, porque descubrimos que todas esas canciones sobre sus proezas legendarias no eran más que propaganda cuidadosamente construida para maquillar a un asesino sanguinario, un criminal despiadado que dejó un rastro real de viudas y huérfanos regado por toda Inglaterra. No es una exageración dramática ni un giro de guion. Medio país lo quiere muerto, y la película se encarga de dejarte claro que tiene toda la razón para quererlo así.

La historia arranca en el peor momento posible para él, un Robin devastado y malherido después de un baño de sangre junto a Little John, interpretado por un Bill Skarsgård irreconocible y brutal, termina refugiado en un priorato remoto, bajo el cuidado de la hermana Brigid, interpretada de forma magistral por Jodie Comer. Ahí, atrapado en algo que se siente como un purgatorio en bucle, Robin intenta esconder quién es en realidad mientras trata de sanar el cuerpo y, de paso, proteger a una niña huérfana que se cruza en su camino. Pero en esta película el pasado no funciona como un simple recuerdo que aparece de vez en cuando, funciona como una infección crónica, algo que siempre regresa justo cuando parece que por fin se puede descansar.

Es una producción de A24, y se nota en cada fotograma, con una estética que parece un western helado y crepuscular, más cerca del silencio y la culpa que de la aventura y la conquista. Hugh Jackman entrega acá una de las mejores actuaciones de toda su carrera, canalizando otra vez ese espíritu de Wolverine roto y enfadado con el mundo, pero esta vez enfrentado al peor enemigo posible, uno que no se mata con espada ni con flecha, su propia culpa y la imposibilidad total de alcanzar el perdón.

No es una película rápida ni de acción convencional, y conviene entrar sabiendo eso. Es un estudio de personaje oscuro, sangriento y extremadamente melancólico, de esos que te dejan pensando más en lo que el protagonista hizo mal que en lo que logró hacer bien. No hay heroísmo limpio en ningún rincón de la historia, solo la posibilidad remota de una redención que puede que nunca llegue.

El mito del héroe del bosque acaba de ser brutalmente masacrado, deconstruido y entregado a su suerte en la gran pantalla, y lo que queda después de esa demolición es de lo más crudo y fascinante que vas a ver este año.

Crea tu propia página web con Webador